La Argentina es hoy más que nunca un país lleno de contrastes. Nuestro país atraviesa un período de incertidumbre muy alta. Tal vez, la más alta desde el primer trimestre de 2016. Es evidente que los mercados no tomaron bien el relajamiento de las metas del 28 de diciembre pasado ni la baja de tasas de interés que impulsó el Banco Central desde entonces.

De la mano del cambio de metas y de la reducción de tasas de interés, se produjo un alza de las expectativas de inflación, lo que redujo el atractivo de invertir en instrumentos en pesos. El correlato de estos movimientos se percibió claramente en el mercado de cambios. El peso ha sido una de las pocas monedas que perdieron valor respecto del dólar. Mientras la mayoría de los países del mundo, incluyendo a nuestros vecinos, apreciaba sus monedas respecto del dólar (el índice global del dólar se depreció un 3,3%), el peso se debilitó más de un diez por ciento. Las altísimas tasas de los primeros meses del año, influenciadas por la depreciación del peso, no hicieron más que ratificar el corrimiento de las previsiones de inflación hacia el entorno del 20% anual para 2018.

Pero no solo el mercado de cambios sufrió las consecuencias del menor énfasis en la lucha contra la inflación. Desde fines del año pasado, el riesgo país de Argentina aumentó 60 puntos básicos, bastante más de lo que se incrementaron los de sus pares de la región.

Es de esperar que esta mayor incertidumbre nominal postergue algunas decisiones reales (consumo e inversión), reduzca el crecimiento previsto para el año. Para completar el cuadro, estamos frente a una sequía de magnitudes históricas, que afecta a buena parte de las áreas productivas del país. A las pérdidas directas por la menor producción primaria y de sus derivados industriales hay que sumar las consecuencias negativas que pesan sobre toda la cadena de valor del sector agroexportador. Se descarta que la sequía afecte la venta de maquinaria agrícola, el transporte de granos, la producción de fertilizantes, la venta de semillas, agroquímicos y otros insumos para la producción, y todos los servicios relacionados con la producción y la exportación. Además, no se puede perder de vista que, según estimaciones realizadas por la Universidad Nacional de La Plata, alrededor del 30% del empleo privado está relacionado con dicha cadena de valor.

En contraste con este panorama de dudas e incertidumbre macro, Argentina vuelve a ocupar un lugar destacado en el escenario político y económico global. El cambio producido en los últimos dos años en materia de la inserción internacional es notable e indiscutido. Argentina recibió al año pasado a la Organización Mundial del Comercio y este año ocupa la presidencia del G20. Desde hace dos años, la principal revista de economía y política del mundo, The Economist, realiza un seminario en Buenos Aires. Y en los principales meetings internacionales sobre mercados de deuda hay algún panel con la participación de un experto o un funcionario argentino.

En todos esos foros hemos pasado de despertar curiosidad a provocar interés. Aunque por el momento la inversión extranjera directa parece más influenciada por la inestabilidad macro que perdura que por los logros alcanzados en materia de posicionamiento internacional.

En un evento organizado por el Instituto de Finanzas Internacionales, aprovechando las reuniones preparatorias del G20, uno de los concurrentes me dijo: "Esto huele a los 90". Precisamente por el papel destacado de la Argentina y por las expectativas que de ella tienen los principales referentes de las finanzas globales.

Evidentemente la presidencia del G20 durante todo este año será una vidriera inmejorable para seguir cambiando la imagen del país en el exterior. Argentina será así el primer país de América del Sur en ser sede, a pesar de que México y Brasil representan economías más grandes. Significa un éxito en materia de relaciones exteriores que resalta la vocación de llevar adelante una diplomacia multilateral activa y reconocida en el mundo. Si bien atravesamos momentos donde los foros multilaterales languidecen, como consecuencia de un Estados Unidos con una clara visión hacia adentro y de una Unión Europea enmarañada en sus asuntos políticos internos, más la amenaza del Brexit, es probable que algunas iniciativas discutidas en Buenos Aires se traduzcan en cambios estructurales concretos en algunos años.

Las prioridades del foro, el futuro del trabajo, la seguridad alimentaria y las infraestructuras y el desarrollo, permiten debatir una serie de temas de gran actualidad. El vínculo entre empleo y productividad, las relaciones laborales, el impacto de las nuevas tecnologías en la demanda de trabajo y en los sectores productivos tradicionales, el fortalecimiento y la actualización de la educación formal y de la capacitación en el trabajo, el financiamiento de las inversiones en infraestructura, el incremento de la oferta de alimentos y la preservación y el cuidado del medio ambiente, entre otros temas muy relevantes, se irán tratando y debatiendo a lo largo de todo el año en las reuniones preparatorias de la cumbre de noviembre.

Una agenda tal debe ser bienvenida, y cualquier progreso que pudiera darse será clave para ir generando un marco favorable para un crecimiento global más equilibrado y sustentable. Esa agenda no es muy distinta de la hoja de ruta de reformas estructurales que debe recorrer la Argentina. Pero, atención, las reformas estructurales no son sustituto de la estabilidad macro. La cual es siempre y en todo lugar una condición necesaria para un crecimiento estable y sostenido en el tiempo.

El autor es licenciado en Economía (Universidad Nacional de La Plata). En 2002 fundó su propio estudio de consultoría económica, Perspectivas Económicas, y actualmente es director y editor del newsletter Perspectiv@s Económicas.