Una postal del 8M frente al Congreso (Foto Fabián Mattiazzi/GENTE)
Una postal del 8M frente al Congreso (Foto Fabián Mattiazzi/GENTE)

Las manifestaciones, en el mundo entero a favor de la igualdad de la mujer, han sido claramente reveladoras de un estado de opinión que crece. Tanto en la ley como en los hechos sociales, es innegable el progreso de la condición de la mujer en Occidente. Baste pensar, para avalarlo, que hoy los jefes de gobierno de Alemania y Gran Bretaña son mujeres.

En la otra punta está el mundo musulmán, donde la mujer continúa sometida a los varones de su familia, sea su padre, su marido o sus hermanos. Allí, la degradación femenina es radical. En Irán se prohibió por la fuerza que el día 8 de marzo se pudiera manifestar y se condenó a dos años de prisión a una mujer que se quitó el velo en público. Según el fiscal, con esa actitud "pretendía alentar la corrupción". Ese fundamento supera todo razonamiento.

Como toda causa en que el ingrediente emocional es fuerte, también hay excesos. Ellos desdibujan su valor, con situaciones que incluso suenan a ridículo. Es lo que ocurre con el lenguaje, en ocasiones retorcido de un modo que provoca reacciones negativas. Pasa en Francia, donde la propia Academia, conducida por una brillante historiadora, ha enfrentado las aberraciones de un lenguaje "inclusivo" que destruye las posibilidades literarias del idioma. Lo mismo ocurre en España, donde la alocución de una ministra, dirigida a "a las miembras y miembros" de una comisión provocó una risotada general y ha pasado a ser un clásico de los contradictores del feminismo.

Lo mismo ocurre con los episodios de la violencia. En Montevideo, el grupo que agredió a la Iglesia del Cordón, y que incluso más tarde defendió su actitud, es un verdadero enemigo de la causa que proclama. Enrostrarle a la Iglesia la dictadura carece de fundamento. Por cierto, con la Iglesia Católica hay cuestionamientos muy fuertes, como el que refiere a la legalización del aborto. Es un debate siempre presente, que merece un tratamiento serio y no exaltado, habida cuenta de que en nuestro país ya se ha legislado el tema y, en consecuencia, los grupos feministas podrían disminuir su iracundia. Personalmente, pienso que siendo desde siempre partidario de esa legalización, el sistema actual tiene imperfecciones, que debieran corregirse en beneficio de la mujer que pasa por ese trance sin duda traumático.

Estos desvíos que comentamos nos alejan de una realidad que es muy importante. Ante todo, debe entenderse que se va en un buen camino, cuando ya el Poder Judicial se integra con una mayoría de mujeres muy clara. En la Suprema Corte hay dos miembros en cinco, en los tribunales se empata y en los juzgados la mayoría femenina es abrumadora. El pasado 15 de febrero asumió una mujer la presidencia de la Suprema Corte de Justicia y la parada militar tradicional la comandó también una mujer, del grado de capitán. Si a ello le agregamos que en la enseñanza universitaria la solitaria Facultad de Ingeniería es la única en que hay mayoría masculina, está claro que la mujer uruguaya está llegando a un plano de superación constante. A la inversa, tampoco hay duda de que vivimos problemas muy serios, que deben abordarse.

Lo más agraviante es el llamado femicidio, o sea, el asesinato de una mujer por su condición de tal. Hay quienes niegan este concepto, porque estamos ante un homicidio, ya regulado penalmente. La verdad es que, más allá de la ley, mantiene una indignante y entristecedora presencia. Se inscribe, además, en situaciones de violencia doméstica, que también la ley sanciona y que en la práctica se intenta erradicar, pero que mantienen una vigencia ominosa. Solo se podrá mejorar cuando el machismo ancestral deje de ocupar el cuadro de sentimientos o prejuicios que anida en muchos hombres. Es una cuestión cultural, que debe erradicarse desde la familia y en la educación formal, para que desde la infancia se vaya grabando la igualdad de derechos de los dos sexos de la especie humana. Por eso es que no hay que confundir el foco central de esta verdadera batalla, que es superar definitivamente una ética común a las tres religiones monoteístas, que consagraron esa disparidad.

Otro aspecto importante es el de las remuneraciones en el mercado laboral. Es un hecho que las mujeres porcentualmente ganan menos que los hombres, porque se les hace pagar su maternidad como una suerte de pérdida de competitividad. A lo que cabe agregar la estructura familiar, donde pese a que a la mujer hoy trabaja fuera de casa y tiene más independencia económica, en términos generales le abruma la carga de la tarea doméstica. Miramos a nuestro alrededor y no podemos negar que, mayoritariamente, maridos e hijos esperan de la esposa o madre que solvente las actividades tradicionales, que van desde la cocina hasta el lavado de la ropa. Este es un capítulo fundamentalísimo del necesario cambio de valores en la configuración de la personalidad psicológica.

Pese a todos los pesares, mantenemos el optimismo. Los progresos ya consolidados sostienen esa perspectiva. En un país donde, a principios de siglo, se dispuso el divorcio por sola voluntad de mujer, podemos seguir creyendo en los avances, construidos desde la ética y los hábitos de comportamiento. Dicho de otro modo: no hay que desmayar ni dejarse arrastrar a excesos que debilitan la noble causa que nos inspira a todos quienes alentamos una efectiva igualdad de oportunidades.