Por Jorge Aulicino.

Pablo Neruda recibió el Premio Nobel en 1971 (Getty)
Pablo Neruda recibió el Premio Nobel en 1971 (Getty)

Neruda ha sido siempre, para mí y, creo, para muchos de mi generación, un padre aborrecido. Un padre a quien se admira en la adolescencia,  se rechaza en la juventud y más tarde se pone uno a mirar los pedazos y tratar de entenderlos y confesarse la devoción que siente por algunos, en tanto convierte en indiferencia lo que antes era desprecio, por otros.

En una palabra, creo que Neruda escribió un libro fundamental, Residencia en la tierra, y dos poemas en particular que están entre los mejores de la lengua, juntos a muchos de Quevedo, Góngora, Lope. Esos poemas son "Tango del viudo" y "Barcarola". Entiendo, pero no van conmigo las imágenes de los Veinte poemas. Algunas, además de ridículas, me parecen detestables: "Mi cuerpo de labriego salvaje te socava". Y no se trata de que sean poemas primerizos, sino de que son poemas llenos de ego y pretenciosidad. La cuestión es entonces –y lo será más tarde, con el Canto general– estética ideológica.

Al Canto general creo que no hay dos palabras que le crea. Aquel padre se había dedicado a hacer política adornada –casi siempre muy bien adornada- con imágenes de su inagotable arsenal. De la egolatría pasaba a un falso "unanimismo" de tipo whitmaniano. En el medio había hecho su verdadera, imborrable, residencia en la tierra.

>>> Descubrí Grandes Libros, la red social de lectores más grande de América Latina.