Eugenia Zicavo, Magalí Etchebarne, Martín Sancia Kawamichi, Valérie Mréjen, Fikry El Azzouzi, Vivi Tellas y Luis Sagasti
Eugenia Zicavo, Magalí Etchebarne, Martín Sancia Kawamichi, Valérie Mréjen, Fikry El Azzouzi, Vivi Tellas y Luis Sagasti

Pocas palabras tan usadas en las publicidades del optimismo como fiesta. La oímos en la tele, la leemos en las revistas, en los carteles de la calle, en las redes sociales. Fiesta, fiesta, fiesta. Como un mantra que roza lo insoportable, como un mandato de felicidad que se vuelve incuestionable. Sin embargo, ¿quién no la ha pasado realmente mal en una fiesta? ¿Quién no ha sido una víctima calamitosa de su exceso que tiene por definición?

Una fiesta es la curva que escapa de la línea recta de lo predecible. Algo que sobresale, que se desboca, que se vuelve incontrolable. Una fiesta, para bien o para mal, implica perder el control. En la primera mesa del Filba —esta es su décima edición—, que se hizo el miércoles a las seis de la tarde en el Malba, el tema fue justamente ese: "La fiesta desbordada". Seis escritores de distintas partes del mundo leyeron experiencias: la mejor (o la peor) fiesta que vivieron, la resaca del día después, las expectativas del día anterior, la fugacidad, la diversión, el caos.

Afuera se avecinaba la tormenta: un fiero cielo gris, mucho viento, la gente buscando refugio, salvo un vendedor ambulante de frutillas en la esquina del Malba. Adentro, la periodista ​Eugenia Zicavo fue la encargada de moderar esta actividad: nada más y nada menos que una ronda de lecturas. Del otro lado del escenario, en las butacas, el público oía atento cada intervención. Por momentos reía, por otros se aburría, incluso se conmovía. En sus rostros, la temperatura literaria de la tarde.

Eugenia Zicavo, Magalí Etchebarne y Martín Sancia Kawamichi
Eugenia Zicavo, Magalí Etchebarne y Martín Sancia Kawamichi

La primera en leer fue Magalí Etchebarne, autora de Los mejores días, que se refirió a varias fiestas de su juventud. El contraste de su personalidad insegura y retraída con la de su amiga le sirvió para marcar el pulso narrativo. Sobre aquellos tiempos, leyó que "el presente era una pastilla ácida: interminable" y cerró con una fiesta previa, incluso a su propia existencia, la de sus padres: "No fui a esa fiesta, todo lo que sé me lo contaron, pero le debo la vida".

La siguió el también argentino Martín Sancia Kawamichi, autor de libros para chicos y para grandes, que contó una graciosa anécdota de su más temprana adolescencia: cómo pasar de ser un cornudo a un héroe, todo en la misma noche. "Al día siguiente sentí que el mundo se había vuelto más pesado, más pegajoso que antes, más nuevo y más viejo a la vez. Fue mi primera polución", leyó ante las miradas atentas, tanto del público como de sus colegas.

Cuando la novelista, artista visual y videoartista Valérie Mréjen comenzó a leer en francés, en la pantalla gigante de atrás aparecieron subtítulos en castellano. Su texto se centraba en la previa a la fiesta, particularmente la elección de la ropa, un ribete estilístico que recordaba al Cortázar más ingenioso. La sonoridad del idioma de Mréjen hipnotizó a todo el auditorio: su voz parecía una moto conduciendo con prudencia sobre una ruta llena de curvas.

Vivi Tellas y Luis Sagasti, una vez terminada la mesa
Vivi Tellas y Luis Sagasti, una vez terminada la mesa

La cuota ensayística de la tarde la aportó Luis Sagasti —autor de Bellas artes, Maelstrom y Una ofrenda musical— quien nutrió de citas y fábulas la temática. Con su enorme porte, su cola de caballo y su voz gruesa dijo, antes de comenzar a leer y sin vacilar, "odio las fiestas". Una posición estética, casi política. Su lectura fue precisa, entonada, llena de ademanes: el público no le sacó los ojos de encima. "La fiesta es la jungla que late dentro de nosotros", dijo, y luego: "La fiesta es un gran palimpsesto para quien sepa leerla".

Otro extranjero: Fikry El Azzouzi, belga, autor de Nosotros en la noche, recientemente traducido por la editorial Clase turista. De nuevo, atrás, la pantalla con subtítulos, mientras la sonoridad de su idioma se volvía una moto acelerando sobre una calle llena de adoquines. En la historia, narrada con algo de humor y escatología, el protagonista comía, vomitaba, caía preso y se cagaba encima. Aunque las publicidades del optimismo no lo cuenten, eso también forma parte de las fiestas.

El corolario de la mesa: Vivi Tellas y otras chicas bailando “Mi vestido floreado” de los brujos
El corolario de la mesa: Vivi Tellas y otras chicas bailando “Mi vestido floreado” de los brujos

Cuando el reloj daba vueltas sobre las siete, llegó el cierre de la mesa. Vivi Tellas, directora de teatro y curadora que acaba de publicar el libro Biodrama, se paró y fue hacia un micrófono de pie. Desde allí narró varias de sus experiencias festivas. En todas, primó "la condición de la felicidad: siempre amenazada".

Luego pidió a las chicas del público que se subieran al escenario para bailar frenéticamente una canción que ella suele cantar con Los Brujos titulada "Mi vestido floreado". Fue algo bizarro, performático, un poco absurdo y otro poco ridículo: los que se quedaron en las butacas miraban sin saber muy bien lo que estaba ocurriendo. En sus rostros empezó a vislumbrarse lo peor: en algún momento las fiestas tienden a terminar. Por suerte.

 

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