Bernardo Carvalho en la Feria del Libro de Leipzig
Bernardo Carvalho en la Feria del Libro de Leipzig

Leipzig, Alemania. Bernardo Carvalho nació en 1960 en la ciudad de Río de Janeiro. Su carrera, como periodista y como escritor, lo ha llevado a destinos tan distintos como Mongolia, San Petersburgo, París y Nueva York. Sus novelas, inspiradas en muchas casos por esos paisajes, han sido traducidas a más de diez idiomas y le han valido varios premios. Sin embargo, él se percibe a sí mismo como un escritor incómodo. Incómodo en su propio país, incómodo en el mercado editorial, incómodo incluso en relación a lo que los lectores pretenden de él.

"Actualmente existe un lector-cliente al que yo, como escritor, tengo que satisfacer, y esa idea me incomoda muchísimo", dice Carvalho, tratando de justificar su rebeldía en relación a las pretensiones de las editoriales durante la Feria del Libro de Leipzig. "Te dicen: 'tienes que escribir este libro, este tipo de novela, en este tiempo y con esta forma, porque esto es lo que funciona', y yo la verdad tengo ganas de hacer absolutamente lo contrario".

El autor de novelas como Nueve Noches, Hijo de mala madre y Reproducción -todas publicadas también en español, por Edhasa- admite que le gusta la provocación, y cuenta con gracia y hasta con cierto orgullo sobre el día en el que, en un encuentro de escritores en el que le preguntaron  para quién escribía, disparó: "Que se joda el lector". "Fue una conmoción pública en Brasil, como si yo hubiera cometido una herejía en plena Edad Media", comenta, divertido.

-¿Internet creó un nuevo tipo de lector?

-Sí, totalmente. Y hay una especie de 'Movimiento de la unión de lectores de Internet' que te fuerzan a escribir lo que quieren ellos. Ahora en Brasil, por ejemplo, sucede que la crítica literaria está en baja. Una crítica literaria sobre un libro no tiene ningún efecto sobre las ventas. Pero si tú eres un bloguero o un youtuber y haces un videíto desde el sillón de tu casa en el que muestras un libro y dices "¡este libro está bueno!" o "¡este libro es malo!", entonces esa sentencia será definitiva para el éxito del libro. Es un fenómeno que no me gusta para nada, y que me remite a un sistema de engranajes que no hace ruidos, no se traba, no nada: un lector que sirve para un mercado que también lo utiliza porque, claro, lo mejor para las editoriales es publicar sólo lo que el lector quiere. A mí ese lector no me interesa.

-¿Hay, entonces, una especie de "tiranía del lector"?

-Yo creo que sí, es lo que sucedió con Internet, antes no existía.

-Pero muchos dicen que Internet democratizó el acceso a los contenidos.

-Sí, tal vez, ¡pero esa es una democracia que a mí no me interesa! Yo estoy a favor de la democracia, pero no de una democracia de la hegemonía de las mayorías. Me interesan las minorías. Y la literatura, para mí, la buena literatura, es la que va en contra de las cosas, por eso siempre es la excepción y nunca es la regla. Y el problema de Internet es que tiende a la regla; si eres excepción, la gente nunca te verá en Internet, porque será imposible buscarte. Hay una reproducción de lo mismo, porque cuando busco algo en Internet, no busco lo que no conozco, busco lo que ya conozco. Es una reproducción de las cosas que ya conozco y yo estoy buscando otra cosa.

-¿Y cómo definiría, en ese contexto, su literatura?

-Yo no sé, aunque bueno, tengo que decir que me gusta mucho mi literatura. No creo que sea fácil, porque trabaja con una idea que no es popular ahora en el mundo literario, que es la de llevar siempre la contra, hasta llevarle la contra a los lectores. Entonces puede parecer muy antipático, pero hubo un momento en el que eso era interesante porque era posible ir en contra del lugar común, aunque suene un poco pretencioso. Es el principio de que estar en contra siempre es mejor que estar a favor. Eso siempre me encantó, me encantaba como lector encontrar una literatura que fuera en contra de las cosas establecidas, en contra de las cosas que yo ya conocía. Yo no buscaba los libros con los cuales me identificaba, sino que procuraba aquellos que me mostraban cosas distintas. Entonces eso siempre me encantó y yo creo que mi formación está ahí, ubicada en ese principio literario que es ir en contra de las cosas, las normas, las reglas.

-Si no es en Internet, ¿en dónde encuentra cosas nuevas o desconocidas?

-Muchas cosas nuevas las encuentro por casualidad. A veces entro a una librería y veo un libro que jamás se me cruzaría por la cabeza comprar, pero observo la portada y hay un título interesante, algo que me llama la atención, entonces lo empiezo a leer ahí mismo. Esa es la función de las librerías pequeñitas, de barrio, y me encanta, porque al comprar ese libro hay un mundo totalmente diferente que se abre ante mí. Claro que Internet tiene un papel muy democrático, por ejemplo, para los movimientos de resistencia en países como Irán, que no podrían existir si no fuera por las redes sociales. Pero en los países democráticos, occidentales, hay un papel de estandarización y uniformización de la literatura, y no sólo de eso sino también de los gustos, que para mí y para la literatura que yo quiero leer y escribir me parece muy empobrecedor.

-La idea de la literatura como excepción podría remitir a algo restringido a las élites. ¿Cree que es así?

-Puede ser, tal vez. Pero yo creo honestamente esto: la buena literatura es siempre excepción, donde sea. Por ejemplo, ahora en Brasil se acaba de publicar un libro de cuentos de Geovani Martins, un chico de 26 años que nació en los suburbios en Río de Janeiro y que vivió toda su vida en la Rocinha, una favela importante de la ciudad. Y él por iniciativa propia empezó a leer muchísimo cuando era niño, no sé por qué, supongo que tenía un talento personal, y escribió trece cuentos que se acaban de publicar con el nombre de Con el sol en la cabeza, y que pasan de un lenguaje joyceano a una forma del lenguaje de la favela. Entonces para nosotros es algo dificilísimo de leer, pero tiene mucho valor porque es como si fuera una nueva lengua brasileña. Es increíble, porque de ese lenguaje vulgar o popular, pasa a un registro muy clásico, muy formal, una literatura muy educada. Entonces domina todos los registros. Y ahí surge la pregunta: ¿es que Martins escribe para sus colegas? No, es curioso, pero no escribe para la gente de las favelas, él es una excepción, y eso es encantador y es terrible al mismo tiempo.

-¿Y la élite brasileña sí podría leerlo?

-No, tampoco. El problema en Brasil a diferencia de países como Argentina, es que las élites son muy iletradas, maleducadas, muy brutas. Son horribles. Está la idea de que si trabajas eres un esclavo. Entonces no necesitas educarte si tu familia tiene dinero. Es una mentalidad muy profunda y muy antigua que hace que los brasileños ricos no lean. La lectura está restringida casi por completo a una clase media educada, que es pequeña en relación a la población brasileña, que es gigantesca. Ayer hablaba con los colegas portugueses, que son los que me invitaron a la Feria del Libro, y me decían que Portugal, que es un país de apenas 20 millones de habitantes, tiene el mismo número de lectores que Brasil.

El primer día de la Feria del Libro de Leipzig
El primer día de la Feria del Libro de Leipzig

-En términos literarios, ¿hay una especie de grieta entre los autores brasileños y los del resto de los países hispanohablantes?

-No estoy seguro, pero sí sé que sucede esto: en Alemania, si tú eres un escritor argentino, lo más probable es que seas reconocido como un escritor de verdad, porque vienes de un país con una tradición literaria muy fuerte. En Brasil también tenemos una tradición literaria, pero hay un montón de prejuicios y una sociedad muy vulgar, quizás mucho más que la argentina porque es mucho más grande. Entonces creo que hay una idea que se hace de Brasil el extranjero y es que es un país no-literario, donde no se puede producir nada que sea válido. Cuando yo vivía aquí en Alemania, era muy claro que Brasil resultaba interesante mientras hubiera conflicto social, guerras o dictaduras, ahí un alemán se interesa por Brasil. En Argentina, en cambio, existe una autonomía de la literatura que puede interesar a un alemán simplemente por la literatura. Y lo que pasa con Brasil, pasa de alguna forma con los países árabes. Cuando en Siria había comenzado la guerra, de pronto en Alemania había un interés increíble por la literatura de Siria y de los países árabes. Porque son países cuya literatura no es respetada en sí misma, sino que tiene que haber algo extra-literario que despierte el interés.

-Pero eso es más un prejuicio que algo que tenga que ver con la literatura brasileña, ¿o no?

-Es un estereotipo, pero quizás tenga bases reales, porque en Brasil sí hay una tradición literaria y hay escritores increíbles, que son realmente excepcionales, pero que en muchos casos no son leídos por los brasileños. Y tenemos también una sociedad muy vulgar y muy poco literaria y educada. Recuerdo una vez que me invitaron a una feria literaria de Chile, en la que Brasil era el país invitado, como aquí en Leipzig es Rumania. Y cuando llegué había un cartel enorme en la entrada de la feria que decía "Brasil, país invitado", y la foto era una bailarina de samba con vestido levantado por el viento y la imagen tomada desde abajo. Digo, a mí me encanta, era hermosa, pero ¿qué tiene eso que ver con la literatura? Son estereotipos y clichés que nosotros también reproducimos porque es más fácil para vendernos al exterior.

-¿Y no hay algo que tiene que ver con el idioma?

-Sí, pero eso es algo que no logro comprender: ¿por qué los hispanohablantes no logran leer en portugués y nosotros sí leemos el español? A su vez, España publica muchas más cosas que Portugal, y eso facilita las cosas porque el mercado es mayor. Y también hay una explicación histórica que es que durante la colonización, los españoles fundaron las universidades más antiguas del continente, en el medio de la nada, porque tenían un interés en imponer su cultura. Los portugueses, por el contrario, prohibieron por ley que los brasileños se educaran. Entonces las primeras universidades de Brasil deben ser de fines del siglo XIX o principios del XX. La gente iba a la cárcel si trataba de educarse.

Bernardo Carvalho en el stand de Portugal durante la Feria del Libro de Leipzig
Bernardo Carvalho en el stand de Portugal durante la Feria del Libro de Leipzig

-Hablando de lo que sucede en Brasil, este año hay elecciones. ¿Cómo ve la situación actual?

-La veo terrible. Una de las cosas que me parece terrible es que el Estado en Brasil siempre fue muy precario, pero cada vez es peor. Y fue sobre la ausencia del Estado que se fortalecieron las iglesias evangélicas, asumiendo el rol de ese Estado. Si ingresas en la iglesia y pagas lo que sería una especie de impuesto tendrás trabajo, salud, y ellos estarán ahí para protegerte del crimen y de la policía también. Son como un Estado, pero también como una familia, protectores. Si naces en la favela, por ejemplo, tus opciones son muy limitadas: estás entre los poderes del crimen y los de la policía, que también es criminal. Estás perdido. Por eso hoy el verdadero poder en el país está en sus manos, las de los evangélicos y también en las de los católicos, aunque en menor medida. Y sus enemigos son los derechos individuales, los derechos de las mujeres, de los homosexuales, etcétera. Ese es el gran peligro en Brasil.

-¿Y a través de qué candidatos jugará la Iglesia evangélica en las próximas elecciones?

-El problema es que tanto la izquierda como la derecha brasileñas hicieron y siguen haciendo contactos con ellos. Cuando Lula asumió como presidente se encontró con un Congreso repleto de bandidos. Y como él es un tipo muy inteligente, muy malandro, empezó a hacer contactos y acuerdos con esa gente, diputados y senadores que están ahí porque representan a este país, que es un país de mierda. Cuando Lula se dio cuenta de que iba a tener que empezar a pagar a esa gente para gobernar, fue el principio del fin.

-Un Lula muy pragmático.

-Sí, y creo que es un hombre muy inteligente, pero también mucho más flexible y por lo tanto corrupto. Contrariamente a Dilma Rousseff que es una burra pero honesta. Ella viene de la guerrilla de izquierda, entonces está ahí para trabajar, para obedecer las órdenes y no puede negociar con esa gente.

-¿Y Michel Temer?

-Temer es un bandido increíble pero estaba ahí desde hace mucho, y ¡sigue ahí todavía! ¡No cayó! Es como un vampiro. Tienen todas las pruebas de sus tratos sucios y está ahí todavía, como si nada.

-Y ahora está midiendo mucho en las encuestas Jair Bolsonaro, el candidato de la derecha.

-Sí, y la gente sigue repitiendo que es imposible que Bolsonaro gane. Yo creo que no; y de hecho, pienso que es muy posible que gane. Y el riesgo es que para seducir a los ricos dice que va a impulsar un gobierno económicamente desregulado, pero al extremo. Y políticamente será un fascismo, que contará con un Congreso que muy probablemente estará dominado por los evangélicos. Por eso es terrible lo que está sucediendo en Brasil, y es un proceso que cuenta con el oportunismo de las élites económicas que están listas para hacer acuerdos con el fascismo más imbécil y brutal que pueda existir.

La feria del libro de Leipzig
La feria del libro de Leipzig

-Le pregunto sobre estos temas porque además de escritor es periodista. ¿Cree que hay un diálogo posible entre la literatura y el periodismo?

-Sí, soy periodista, pero digamos que por inercia. Nunca estuve hecho para ser periodista, no era mi voluntad. Cuando era adolescente quería ser director de cine, pero las cosas fueron fracasando, una después de otra, y terminé en el periodismo. Y a la literatura también, llegué de la misma manera, fracaso tras fracaso. Pero sí creo que entre ambos hay un diálogo posible. Una vez, cuando era corresponsal de Folha de Sao Paulo en Nueva York, tuve que entrevistar al escritor realista John Updike, y le pregunté cuál era la mejor carrera para la literatura, trabajar en un periódico o trabajar como profesor en la universidad. Y él me respondió inmediatamente: periodismo. Y tiene que ver con algo con lo que estoy de acuerdo y que se vincula a la experiencia de vida que da la profesión. No tiene que ver con la palabra o el lenguaje del periodista, que es un lenguaje muy diferente al lenguaje literario, sino más bien con las cosas con las cuales entras en contacto, la gente que conoces, las realidades en las que te sumerges y que no conocerías jamás si no estuvieras forzado a entrar ahí con el pretexto del periodismo. Y eso es muy interesante porque por ejemplo yo soy muy tímido -y también muy cobarde- y hay situaciones a las que jamás me expondría si no fuese porque me veo forzado para cubrir algo para un periódico.

-Lo contrario a la lógica de Internet de la que hablábamos antes, de siempre quedarse con lo que uno conoce.

-Claro. El periodismo te somete a vivir experiencias ajenas, desconocidas, incluso te fuerza a conocer cosas que, al menos en principio, no quieres conocer. Es lo contrario a Internet. Y para mi es algo muy rico para la literatura. Es la misma matriz que te lleva a estar en contacto con cosas que son desconocidas. John Updike decía que si trabajas como profesor en la universidad siempre vas a estar en tu mundo, un mundo conocido, controlado, en el que no hay riesgos. Pero también hay una ilusión de que con el periodismo siempre vas a hacer cosas magníficas, y eso tampoco es cierto, para nada. Hay distintas clases de periodistas y hay distintas clases de experiencias.

-En su literatura hay algo vinculado a la mirada del extranjero, ¿por qué?

-Tiene que ver con algo que me pasa y que es que me incomoda muchísimo participar de grupos. Es horrible decirlo pero es verdad. No me gusta ser brasileño, como no me gustaría tampoco ser argentino, francés o alemán o americano. La idea de que yo tengo un grupo al cual pertenezco y con el que me identifico, por la fuerza de nacimiento, por ejemplo, para mí es terrible. La idea de identificación hegemónica tiene que ver también con la empatía; eso es el lector de internet, que solo busca eso con lo cual tiene empatía y se identifica. Yo no, yo creo que la literatura que me interesa es aquella que va contra la idea de una identidad. Por eso me parece interesante la cuestión de los géneros ahora, porque uno tiene la posibilidad de reinventarse. No ser hombre si no te sientes hombre, no ser mujer si no te sientes mujer. Es la libertad de escapar a los grupos y a las identidades que te dieron la forma o el lugar en que naciste. Eso es algo del ser extranjero, aunque la verdad es que yo tampoco quiero ser de otra nacionalidad. Me gustaría estar siempre entre mundos.

-¿Cree que la literatura tiene un rol social?

-Normalmente respondería que no, pero en realidad creo que la función de la literatura es la de mantener abierta la posibilidad de la excepción. Por eso tenemos esa batalla, la de luchar por una literatura que no sea adecuada a los gustos de la mayoría. No es solo un capricho de estar contra el lector, sino la idea de que haya cosas en el mundo que puedan ser diferentes, que abran posibilidades desconocidas, inesperadas, que no satisfagan a una demanda específica. Eso es algo muy importante que puede hacer la literatura contra el mercado, no de una manera infantil -porque todo es mercado, siempre-, pero sí que discuta con la idea de hegemonía y con la estandarización. Esa creo yo que es la función del arte en general.

-Eso suena como que la literatura podría ser un intento libertario.

-Es que la literatura no puede sobrevivir sin eso. Ese es el asunto. Quizás algunos deban pagar para que eso pase y así evitar que la literatura desaparezca. Tal vez sea una mirada tonta, infantil, o adolescente, pero la verdad es que creo profundamente en eso.

 

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