Era inútil forcejear con las manos de ellos sobre su cuerpo, que la inmovilizaban contra el suelo. Intentar luchar solo la cansaba más. Porque aunque la fuerza se mantenía ahí, no lograba salir debajo de él. Ni de los demás. Entonces, comprendió que debía luchar con la mente. "En ese momento sentí que moría". Pero esa fuerza, en realidad, la mantuvo viva. De eso se daría cuenta años después, cuando pudo mirar atrás sin agachar la cabeza de vergüenza.

Sandra prefiere no revelar su verdadera identidad. Pese a que ya pasaron 22 años de esa experiencia, su familia nunca supo la verdad, más allá de su secuestro. Así, dice, serán menos las mentes que recuerden. Fue su forma de sobreponerse al cambio abrupto que la vida le obligó a hacer. Y no viene de una familia numerosa, solo papá, mamá y un hermano mayor.

Son originarios de Antioquia. Pero emigraron a un municipio rural de Bolívar, que no revela por cuestiones de privacidad. En su infancia se pasaba las tardes jugando con su madre. "Nos tirábamos al suelo, yo le levantaba la blusa para descubrirle el abdomen y con las yemas de mis dedos hacía figuritas que ella debía adivinar".

Con su padre la diversión era una travesía a la que los llevaba a ella y a su hermano por las zonas boscosas donde ordeñaba el ganado y donde labraba las tierras de los cultivos. O visitaban los animales de campo que cuidaba. Pero nunca, nunca, los llevó a las zonas donde hacía minería, su real trabajo. El resto era un dinero extra. Decía -recuerda Sandra-, que no era lugar para niños, porque allí se escondían los "extraños".

Por mucho tiempo no supo quiénes eran los "extraños". Ni los policías. En el pueblo no había institucionalidad. El Ejército no entraba. El gobierno lo ejercía el Frente 37 de la guerrilla de las FARC, al mando de alias 'Mario'. Que tampoco hacían mucho alboroto, solo unas reuniones en la plaza para exponer sus reglas e imponer sus ideologías, nada más. Eso sí, nadie que no fuera de allí podía entrar sin dar explicaciones.

Mujeres reclutadas por las FARC junto a una niña
Mujeres reclutadas por las FARC junto a una niña

Pero las cosas se pusieron feas cuando la Fuerza Pública, apoyada por los paramilitares, rodeaba los municipios aledaños. "En ese momento, nadie que entraba sin poder demostrar que tenía familiares podía salir". Una vez, irrumpieron en la casa de un viejo comerciante, lo sacaron amarrado, tan rápido que nadie pudo reaccionar. Lo asesinaron de un balazo, y lo colgaron en un palo a la entrada del pueblo para mostrar qué pasaba si alguien los "sapiaba" con el Ejército.

Pero para Sandra las cosas se complicaron cuando iba creciendo y se hacía "mujercita". "Empiezan a mirarte diferente. Y están pendientes de qué haces, con quién andas, a dónde vas. Era prohibido hablar con los militares cuando llegaban por 3 o 4 días, solo acercarse donde un soldado era fatal, literalmente".

Por allá en el año 1996, una tarde de diciembre, a Sandra le llegaron dos hombres a entregarle un recado, mientras comía mango sentada en la acera de su casa junto a su mamá. La esperaban al otro lado del pueblo, si no iba, la irían a buscar, y era peor. "Tenía 17, y en esa época me graduaba del colegio. Arranqué normal. Normal con el corazón en la boca y los nervios de punta".

Las montaron en un carro. Cuando llegaron, un grupo de camuflados, hombres y mujeres, le advirtieron que tenían que ir a otro lugar, sin su mamá. Su mamá, alterada, la cogió del brazo y les dijo que no iría a ninguna parte. "Su miedo era que quienes se iban con la guerrilla no regresaban". Del otro brazo la agarró un guerrillero y la jalaban para ambos lados.
"Fue una escena muy triste. Mi mamá me abrazaba, sin soltarme. Pero se desesperaron y la empujaron muy fuerte. Se golpeó la cara. La amenazaron con una pistola. A mí me golpearon con el cacho del arma. Me asusté, todo se estaba saliendo de control. Al ver que le podían hacer daño a mi mamá decidí irme con ellos. Y ella, llorando, me dijo: "Yo sé que vas a volver, porque eres la mujer más verraca que conozco".

Viajó con los ojos vendados por unas 6 o 7 horas. No reconoció el terreno, pero era difícil no saber dónde estaba: en un campamento de las FARC. Por lo menos unas 50 personas que parecían vivir allí, un par de caras conocidas de su infancia, unos fogones de leña, unos baños sin paredes, una casucha en la mitad y muchas armas y miradas extrañas.

Combatientes de las FARC juegan al fútbol en uno de sus campamentos en la selva colombiana
Combatientes de las FARC juegan al fútbol en uno de sus campamentos en la selva colombiana

Esa noche no durmió, ni las 14 siguientes en las que estuvo amarrada dentro de un cuarto de palos y piso de barro. Nadie le decía nada, nadie le daba explicación, solo la mandaban a callar cuando gritaba. Pero no le faltó una sola palabra para entender lo que le iban a hacer cuando tres hombres entraron juntos al cuarto improvisado y se pararon en la puerta.

Se arrastró hasta el final de la habitación sin darles la espalda, con la mano ahí abajo, aun sabiendo que eso no serviría de nada. Al principio arqueaba su espalda para intentar sacarlos de encima, pero el empujón siempre la dejaba nuevamente contra el suelo. Y así lo intentó los primeros días, hasta que se dio cuenta que la fuerza debía venir de su mente, y no de su cuerpo.

"Que te miren morboso, que te agarren, que te manoseen, que te traten como si fueras basura. Que te digan 'Si eres novia de un capitán porque no puedes ser novia mía, si tú te culeaste a ese man, porque no lo puedes hacer con nosotros'. Eso te deja muda (…) Esa experiencia, si se puede llamar así, fue lo más cruel y duro que pude pasar en mi vida. Me arrebataron mis sueños, mi inocencia, mi libertad. Uno pierde cosas en esa selva que no vuelve a recuperar jamás. Y no es fácil salir de allí marcada a volver a mirar todo y a todos los que has visto siempre, pero que ya no vuelves a mirar igual".

Fue lo más cruel y duro que pude pasar en mi vida. Me arrebataron mis sueños, mi inocencia, mi libertad. Uno pierde cosas en esa selva que no vuelve a recuperar jamás

"De ahí lo que vinieron fueron más torturas, físicas y psicológicas", que Sandra prefiere no describir para no volver a recordar las sensaciones. Y el resto de humillaciones, como bañarse frente a todos durante solo cinco minutos, o cocinar mientras ellos bebían licor, o ser vigilada si necesitas hacer necesidades. "Y nadie hacía nada, ni las mujeres que estaban ahí y me conocían de años. Era como si estuvieran de acuerdo con eso".

"Mientras estaba allá pensaba que toda la vida traté de ser buena hija para no hacer sufrir a mis papás, y me daba una rabia saber que a ellos los estaban haciendo sufrir, los detestaba". Pero fue ese recuerdo constante de su familia la que la hizo no desfallecer para salir con vida a reencontrarse con ellos.

No la mataron porque comprobaron a la fuerza quesus informantes les habían mentido dándole una información falsa sobre ella. Demostraron más de uno y en más de una ocasión que era virgen. Alias Mario, el comandante del frente y que no estuvo esos días en el campamento, llegó a pedirle perdón porque "cometieron un error" y la retuvieron "injustamente". La iban a devolver a su casa "sana y salva".

"¿Sana y salva? ¿Puedes creerlo? ¿Cómo me viene a decir que cometió un error a esas alturas? Son unos monstruos, unas bestias, unos animales. Allá conocí las dos caras de esa gente, y vi que la maldad siempre es más que la luz".

Conocí las dos caras de esa gente, y vi que la maldad siempre es más que la luz

El viaje de regreso fue eterno. Cuando por fin vio a sus papás y a su hermano no hizo más que llorar, con todo el cúmulo de lágrimas que tenía aprisionados dentro de ella y que no soltó nunca en la selva. Después de ese día nunca volvió a hablar del tema entre su familia. "Y ahí empieza el otro calvario, porque tienes que saber cómo levantarte". Pero Sandra supo cómo hacerlo. Su fuerza interior era más fuerte que sus cicatrices físicas.

Combatientes de las FARC juegan en uno de los campamentos de la guerrilla terrorista (AFP)
Combatientes de las FARC juegan en uno de los campamentos de la guerrilla terrorista (AFP)

Para eso, cuando cumplió 18 años, se desplazó a un casco urbano y comenzó de nuevo. Aunque –dice– solo lo pudo hacer después de saber la verdad. Un joven de su edad que decía estar enamorado de ella le había mentido a los guerrilleros que Sandra tenía amores con un capitán del Ejército, todo porque ella lo había rechazado. "Yo creo que él no se imaginó lo caro que le saldría el juego. El día que regresé estaba ahí, también esperando. En ese momento no sabía nada. Pero, afortunadamente, después de ese día no supe nada de él, ni hasta este momento".

Delito de lesa humanidad con más de 90% de impunidad

La violencia sexual ha sido una de las prácticas más comunes entre todos los actores armados de la guerra que asoló a Colombia, para reafirmar su dominio y poder frente al adversario, o incluso frente a las poblaciones. Pese a los acuerdos de paz, ningún bando los ha reconocido. Esta violación al Derecho Internacional Humanitario sería una clara barrera para las negociaciones. Por eso, tanto el Gobierno como los combatientes (guerrilleros y paramilitares) han hecho la vista gorda.

Datos y cifras del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) dan cuenta de un 92% de impunidad frente a la investigación, juzgamiento y sanción de las personas responsables por hechos de violencia sexual en el marco del conflicto armado. Es decir, que es una excepcionalidad quienes pagan por el crimen.

Así lo reveló el informe 'La guerra inscrita en el cuerpo' del CNMH que reconstruye cómo los grupos armados y agentes del Estado usaron el cuerpo de las mujeres como campos de batalla, evidenciando que la violencia sexual no era un producto de individuos desviados, sino un flagelo que ha hecho parte de las estrategias bélicas y políticas que han "apalancado los intereses de los actores en el contexto de sus campañas de expansión, dominación y control de los territorios" y que, por eso mismo, es legitimado en el contexto de la guerra.

Una celebración de año nuevo en uno de las campamentos de las FARC
Una celebración de año nuevo en uno de las campamentos de las FARC

La investigación recopila en 550 páginas casos desde 1959 hasta septiembre de 2017, donde el balance –que es inferior a la realidad, porque muchas víctimas aun no denuncian– contabiliza 15.076 niñas y mujeres víctimas de delitos contra la libertad y la integridad sexual en el marco del conflicto armado; aunque también hubo niños, adolescentes y personas de la comunidad LGBTI que sufrieron este horror.

De ese total, a los paramilitares se les sindica un total de 4.837 víctimas (32,2%), seguidos de las guerrillas (FARC, ELN y ERG) con 4.722 casos (31,5%) y los agentes del Estado con 206. Los grupos armados posdesmovilización son responsables de 950 casos, y hay un importante número de casos de 3.973 en los que no se ha establecido el responsable. "En las zonas de disputa la población tiene a veces dificultades para distinguir a los actores armados. En particular, el relacionamiento entre paramilitares y Ejército hace que sea complejo", dice el informe.

El CNMH retrata las modalidades de sometimiento de cada actor armado, que cumple distintos fines de acuerdo a sus objetivos particulares y a los distintos momentos de confrontación; pero que "con el común denominador de estar sustentada en arreglos de género que privilegian la construcción de masculinidades despóticas y perpetúan la objetivación de los cuerpos femeninos".

Las FARC
En esa guerrilla terrorista la violencia sexual fue ejercida contra las comunidades de sus zonas de influencia y contra las niñas y mujeres reclutadas en sus filas. Aunque en sus estatutos, las FARC castigan incluso con la muerte las violaciones, los testimonios de las víctimas dicen lo contrario. Incluso sus combatientes fueron obligadas a prácticas de anticoncepción, aborto y esterilización forzada.

El caso más sonado fue el de Raúl Reyes, uno de los íconos abatidos de las FARC, acusado por sus escoltas, elegidas con apenas 10 u 11 años, de abusar sistemáticamente de ellas. Según las ex guerrilleras, los estatutos solo regían para mandos bajos y medios, no para comandantes. El informe también señala casos donde usaban la violación como castigo a quienes no pagaban vacunas.

Uno de los campamentos de las FARC
Uno de los campamentos de las FARC

"A las mujeres les recuerdan la cuota que deben sus parejas con violencia sexual, o les cobran parte de la cuota o de los intereses de esta forma. Donde hay extorsiones a los comerciantes, suele existir violencia sexual hacia sus esposas para que recuerden que no deben dejar de pagar la cuota", dice el informe.

Los paramilitares
Los motivos de estas organizaciones para ejercer violencia y esclavitud sexual –parte de sus acciones habituales– eran amedrentar, castigar y silenciar a sus adversarias, a mujeres en posición de liderazgo en las comunidades (líderes sociales, maestras, enfermeras) y para "corregir" a lesbianas y mujeres trans.

Entre los testimonios de los mismos paracos en el proceso de desmovilización de Justicia y Paz de 2003 cuentan que si las guerrilleras se dejaban "coger vivas" eran víctimas de torturas y violaciones colectivas; que iban desde ácidos en el rostro hasta empalamientos.

Este era un método de terror de las Autodefensas Unidas de Colombia en las zonas donde llegaban para ejercer poder y "respeto". El informe también documenta casos de esterilización forzada en hospitales públicos, sobre todo, para sus esclavas sexuales.

El Ejército
"Las mujeres son en estos casos acusadas por miembros del Ejército de ser guerrilleras o colaboradoras del grupo armado. Estos territorios tienen en común que la población civil está en medio de la disputa de los grupos armados y son territorios en donde se presentan enfrentamientos frecuentes", afirma el informe.

Así la Fuerza Pública recurrió a la violencia sexual para enviar un mensaje a sus enemigos de dominio y humillación sobre ellos, y mostrarles a lo que se enfrentaban por estar fuera de la ley; y también como método de tortura para obtener información sobre las guerrillas.

Una ex combatiente narró cómo presenció la tortura y muerte de su prima. En un enfrentamiento la hirieron a bala y mientras intentaba ayudarle llegaron tres soldados. Ella se alcanzó a esconder y desde allí vio cómo la violaban entre todos de forma violenta, le echaron ácido en la cara y luego la asesinaron.

La violencia sexual en todos estos diferentes contextos de los actores armados –dice el informe- ha sido una clara expresión de desigualdad de género donde el sistema patriarcal propende por la posición de dominación masculina sobre una femenina subordinada, y que es el reflejo de la misma sociedad.

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